El escultor palentino José Castrillo crea una obra de forja artesanal de casi cuatro metros que reúne los nombres de las familias de la localidad y simboliza sus raíces, sus ausencias y su futuro.
Hay una silla que no está vacía del todo. En ella se sientan simbólicamente quienes ya no están, quienes tuvieron que marcharse y quienes, aunque vivan lejos, saben que siempre tendrán un lugar al que regresar. Esa silla forma parte del Árbol de la Vida, la escultura que el herrero y escultor palentino José Castrillo ha creado para Roscales de la Peña como homenaje a la memoria y a la identidad de sus habitantes.
La obra, promovida por la Junta Vecinal de Roscales, fue inaugurada este verano en la plaza del pueblo, patio de las antiguas escuelas. Su presentación reunió a numerosas familias de Roscales, que acogieron con entusiasmo una escultura concebida para representar mucho más que un árbol: la historia compartida de toda una comunidad.
Realizada íntegramente a mano en hierro forjado, mediante el trabajo artesanal en su fragua de carbón de Tarilonte de la Peña, la pieza alcanza aproximadamente cuatro metros de altura y cuatro de anchura, con un peso de alrededor de tonelada y media. Su elaboración convierte el dominio tradicional del fuego y el metal en una obra de gran formato cargada de simbolismo.
Un árbol genealógico colectivo El Árbol de la Vida representa a Roscales a través de sus raíces, su tronco y sus ramas. En la base, el universo simboliza el origen de la vida en este rincón de la Montaña Palentina. Las raíces evocan a los antepasados, tanto a quienes permanecen en el recuerdo familiar como a aquellos cuyos nombres se
han perdido con el paso del tiempo.
El tronco representa el presente: las personas, las casas y las familias que mantienen viva la comunidad. En las ramas aparecen grabados nombres y apellidos vinculados a las familias de Roscales, mientras que las hojas y las ramas más altas simbolizan a los hijos, los nietos y las nuevas generaciones que llevarán la historia del pueblo hacia el futuro.
De este modo, la escultura se convierte en un árbol genealógico colectivo en el que las historias particulares se entrelazan para formar una memoria común. No se trata únicamente de recordar de dónde viene el pueblo, sino también de reconocer a quienes siguen formando parte de él, independientemente de dónde vivan.
La silla vacía: memoria, ausencia y regreso Junto al árbol, una silla vacía introduce el elemento más íntimo de la obra. Su presencia remite a las abuelas y los abuelos que esperaban junto a la puerta de casa, a las personas que se fueron y a quienes aguardan el regreso de familiares que viven lejos.
La silla representa la ausencia, pero también la acogida y la esperanza. Es un lugar reservado para quienes faltan y una forma de recordar que los vínculos con el pueblo de origen permanecen a pesar de la distancia.
«Un pueblo que guarda una silla para la memoria y la espera, es un pueblo que jamás dejará morir su historia», explicó José Castrillo durante la presentación de la obra.
La obra conecta así con una experiencia compartida por numerosas localidades rurales: la marcha de generaciones enteras, la transformación de las familias y la necesidad de mantener vivos los lazos con el lugar de origen.
El hierro como memoria del territorio Natural de Guardo, José Castrillo desarrolla su trabajo desde su taller de Tarilonte de la Peña, en plena Montaña Palentina. Su trayectoria combina el oficio tradicional de la herrería con la escultura artística, transformando el hierro mediante el fuego, el martillo y un proceso de creación manual. Su trabajo incluye esculturas, mobiliario artístico y proyectos de diseño.
Con el Árbol de la Vida, esa relación entre oficio y territorio adquiere un significado especialmente cercano. El hierro, un material resistente y ligado a la tradición artesanal, se transforma en una representación de los vínculos familiares, la memoria y la continuidad de una comunidad.
Instalada en el patio de las antiguas escuelas de Roscales, la escultura queda como un punto de encuentro entre generaciones y como un recordatorio de que la historia de un pueblo no está hecha solamente de edificios y acontecimientos, sino también de nombres, recuerdos, ausencias y personas que mantienen vivo el sentimiento de pertenencia.
Porque, aunque las ramas crezcan y la vida lleve a cada cual por caminos distintos, las raíces
permanecen. Y en Roscales, junto a ese árbol, siempre habrá una silla esperando.

