¿Qué son realmente las reliquias? ¿cuándo se convierten en objeto de culto? ¿por qué? Son algunas de las preguntas a las que responde el nuevo libro publicado por la Fundación Santa María la Real: “Los poderes inmateriales de los monasterios: reliquias, fragmentos de eternidad”.
La obra, que ya está a la venta en su tienda online y en librerías especializadas, recopila las investigaciones de ocho expertos, coordinados por los catedráticos de la Universidad de Cantabria, Ramón Teja y José Ángel García de Cortázar.
Su lectura nos lleva a entender, por ejemplo, que el culto a las reliquias “fue un fenómeno relativamente tardío en el cristianismo”, como explica Ramón Teja, y no exento de polémica. De hecho, hubo quien lo consideró más cercano a la superstición que a la religiosidad cristina. Fueron autores como San Agustín, San Ambrosio o San Jerónimo quienes lograron imponerlo con sus discursos, que calaron tanto en clérigos como en laicos, doctos e ignorantes, élites y pueblo llano.
Aún así, las reliquias no alcanzaron su verdadero apogeo hasta la Edad Media, en tiempos del románico, entre los siglos XI y XII. “Papas, obispos y monasterios rivalizaron por acumular reliquias para asegurar honores, riqueza y prestigio a sus respectivas ciudades y monasterios”, apunta Teja.
Pero, qué son exactamente las reliquias. El profesor José Luis Senra Gabriel y Galán lo explica con claridad, “desde los restos orgánicos de los personajes virtuosos hasta los objetos a ellos asociados”. Aquí, el investigador Josemi Lorenzo Arribas se ha preocupado y ocupado de clasificar dichos restos, atendiendo a su función, cronología y naturaleza. Precisa, además, que la veneración de estos “restos o despojos”, viene dada porque se les atribuía “un carácter mágico” o, mejor dicho, “para obrar milagros”.

Instrumentos de poder
El poder de atracción de las reliquias llegó a ser tal, que, como señala Ángeles García de la Borbolla, pronto los monasterios fueron conscientes de la “capacidad de estos valiosos tesoros espirituales para reavivar el prestigio de una comunidad, de un santuario o de una diócesis”. Al fin y al cabo, eran un buen modo de garantizar una “devoción estable” y con ella, “la afluencia de fieles peregrinos”, que constituían una necesaria vía de ingresos.
Quizá, por ello, fueron más que frecuentes, como comenta Marta Poza Yagüe en su artículo, los traslados, desplazamientos y desmembramientos de cuerpos santos, “movidos por distintos intereses y con diversos resultados”. Tampoco faltaron y de ello da buena cuenta Francisco Javier Pérez Rodríguez, los “robos, ventas y falsificaciones”. El más sonado, asegura, fue el pertrechado a principios del siglo XII, por don Diego Gelmírez, quien se llevó a Santiago de Compostela desde Braga los cuerpos de no uno, sino hasta cuatro santos: Fructuoso, Susana, Silvestre y Cucufate, para que acompañasen en su destino a los del apóstol Santiago el Mayor.
Reyes y nobles también se sirvieron de las reliquias para afianzar su poder, explica el profesor Carlos de Ayala Martínez. Las usaron como iconos de identidad, como garantes de victoria o prendas de paz.
El olor de santidad
Y, claro, si las reliquias eran tan valiosas, obviamente, no podían guardarse en cualquier lugar. José Alberto Morais analiza en su investigación la relevancia que adquirieron los relicarios en las que solían guardarse. “Un hueso, un diente, un cabello, una mandíbula: cualquier resto de los personajes santos, sin el aderezo de los relicarios, se tornaba y corría el riesgo de verse como un elemento inerte, impersonal, falto de sacralidad y, además, horrendo por su descomposición y corruptibilidad”, apunta.
Por ello, se custodiaban en arquetas o cofres realizados con materiales como oro o plata, adornados con incrustaciones de piedras preciosas o marfil, que hoy en día y entonces, constituían verdaderos tesoros. Un detalle curioso más que aporta el investigador, en muchos casos, dichos relicarios se perfumaban con exquisitas fragancias y de ahí, la conocida frase de “en olor de santidad”, que perdura hasta nuestros días, aunque, a menudo, como las propias reliquias, desvirtuada por el desconocimiento, el interés o el paso del tiempo. Este nuevo libro de la Fundación Santa María la Real que ya está a la venta en su tienda online y en librerías especializadas, ayudará, sin duda, a evitar confusiones.





